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Arquidiócesis de Barquisimeto

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Carmelita Descalzo Ordenado en el Orden de los Presbíteros para el Servicio a su Congregación y a la Iglesia por el Arzobispo de Barquisimeto

Oficina de Prensa – 05  de julio de 2026 –  El sábado 05 de julio de 2026 se llevó a cabo la ordenación sacerdotal de fray Víctor Edumar del Cordero de Dios (Pinto Gómez) OCD por imposición de manos y oración de consagración de monseñor Polito Rodríguez Méndez. El texto a continuación es la homilía dirigida a quien todavía era diácono y quiso dar su sí total a Dios para servirle en la congregación  y a donde el Señor le llame a servir en el orden del ministerio de los presbiteros.

Queridos hermanos y hermanas, Sali  con afecto a los hermanos de la Rrden del Carmen, a los sacerdotes, de una manera especial a fray Daniel Rodríguez, delegado general de los carmelitas, a los sacerdotes religiosos,  familiares y amigos que hoy acompañan esta celebración, a la mamá del hermano que se ordena presbítero, diácono Fray victor del cordero de Dios, que va a ser ordenado sacerdote de Cristo para siempre.

En un día como este, lo primero que sentimos no es solo emoción, sentimos sobre todo asombro, porque la vocación sacerdotal no es un premio para quien llega, ni un honor humano que alguien conquista, es un misterio de misericorida; es Dios quien se adelanta, quien mira, quien llama, quien sostiene y quien confía un tesoro tan grande en basijas frágiles.  Por eso hoy no celebramos solamente la respuesta de un honbre, celebramos la fidelidad de Dios que sigue creyendo en nosotros, cuando nosotros mismos temblamos ante el camino.

La primera lectura nos ha llevado al corazón cansado del profeta Elías. Es una escena bellísima y muy humana. Elías está agotado, ha trabajado, ha luchado, ha sufrido y de pronto dice una frase que todos hemos sentido en interior del alma: “Basta Señor”. Son palabras de cansancio, de desilución, de límite, son palabras de que ya no puede más. Sin embargo, Dios no se escandaliza de esa pobreza, no humilla al profeta, no le reclama con dureza, no le dice: “debes ser fuerte”; primero lo toca, luego lo alienta, luego le habla: “Levántate y come porque el camino es superior a tus fuerzas”. ¡Qué frase tan sacerdotal! ¡Qué frase tan verdadera para la vida de un pastor! Porque el sacerdocio no se comprende desde el entusiasmo del primer día sino de la conciencia humilde de que  el camino es más grandes que nuestras solas fuerzas.

Nadie puede cargar por sí mismo con el peso de una comunidad, con el sufrimiento de tantas persoonas, con la soledad que a veces acompaña el ministerio, con la exigencia de anunciar la verdad, de consolar, de corregir, de servir, de permanecer fiel. Por eso Dios alimenta primero a Elías, antes de mandarlo primero al camino, lo fortalece y ese alimento no es un detalle secundario, es el modo de Dios de decirnos que Él no nos llama para abandonarnos sino para sosternernos, que nos nos envía para que dependamos solo de nosotros sino para que aprendamos a vivir su gracia. 

Luego viene algo todavía más bello, Elías camina hasta el Oreb, entra en la cueba y allí el Señor le habla, pero el Señor no pasa en el viento fuerte, ni en el terremoto, ni en el fuego,  pasa en la brisa suave, en el susurro, en la delicadeza de la presencia humilde que no impone ruido pero llena el corazón. Aquí hay una palabra muy profunda para todo sacerdote y de modo especial para un carmelita, porque el carmelo ha sido siempre que Dios no solo se encuentra en la actividad sino también en la contemplación, no solo en la misión externa sino en el silencio habitado, no solo en la palabra que se proclama sino en la escucha a la voz de Dios.

Elías enseña que hay una forma de conocer al Señor, que solo nace cuando uno se detiene, respira, se aquita y deja que Dios hable.

Querido hermano Víctor Edumar, hoy la Iglesia te ordena sacerdote, pero ante todo de su misterio visible, el Señor te está llamando a esa escucha profunda. Si quieres ser buen sacerdote, tendrás que aprender a vivir en esa cercarnía interior con Dios, tendrás que volver muchas veces, a la cueba del corazón, no para huir del pueblo sino para encontrar allí la fuente de donde podrás servirlo mejor.  

Un sacerdote que no escucha a Dios corre el riesgo de hablar mucho y decir poco, un sacerdote que no ora, tiene el riesgo de dar cosas de Dios sin vivir de Dios, y por eso esta primera lectura es una gracia inmensa que recuerda que la fecundidad nace del silencio y que la fuerza del ministerio nace de la intimidad con el Señor.

La segunda lectura tomada de la segunda carta de San Pedro, nos lleva al centro del servicio pastoral, apacienta el rebaño de Dios que le ha sido confiado, no dice su rebaño, sino el rebaño de Dios, ahí está la verdad de ministerio. El sacerdote no es dueño de nadie, no posee a la persona, no administra una propiedad, custodia un don que no le pertenece. El pueblo es de Dios, las almas son de Dios, la Iglesia es de Cristo, y por eso el modo de pastorear también importa, san Pedro lo dice con una claridad impresionante: “No por obligación sino expontáneamente, no por intereses mezquinos, sino con agnegación, no dominando sino siendo ejemplo. Estas palabras son muy exigentes pero también muy hermosas, porque nos habla de corazón  que Dios quiere para sus pastores, un corazón libre, no esclavo de prestigios, un corazón limpio, no movido por el interés, un corazón humilde, no dominador, un corazon que no busca ocupar un lugar sino gastar la vida por los demás.

Esto toca profundamente la vida sacerdotal, porque la gente no necesita un sacerdote perfecto, necesita un sacerdote verdadero, no necesita un hombre que nunca se canse, necesita un hombre que aún cansado siga amando, no necesita uno que lo sepa todo, necesita uno que se deje guiar por Cristo, no necesita un líder de oficina, necesita un pastor con olor a oveja, con manos consagradas para el altar y un corazón abierto para el sufrimiento del pueblo. Cuando san Pedro habla así, no lo hace desde la teoría, lo hace como un hombre que conoce la fragilidad. Él mismo fue herido por su miedo, por su negación, por su debilidad y quizás por eso habla con tanta verdad, porque sabe que el Pastor solo puede cuidar de verdad,  cuando ha aprendido primero a dejarse cuidar por el Señor.

Entonces llegamos al evangelio que es el pasaje más conmovedor de este día. Jesús resucitado se encuentra con Pedro junto al mar, después del desayuno en una escena serena, íntima, casi silenciosa y allí le hace una pregunta que atraviesa la historia entera de la vocación cristiana: “Simón hijo de Juan ¿me amas?” ¡Qué impresionante! Jesús no comienza por reprocharle la negación pasada, no le recuerda primero el fracaso, no le pregunta cuantos pasos dio, cuanto aprendió, cuantas habilidades tiene. Va directo al centro: “¿me amas?”, porque el sacerdocio nace del amor y no de cualquier amor, sino de una relación viva y personal con Cristo, no basta saber de Jesús, hay que ir amardo,  no basta hablar de él, hay que quererlo, no basta estudiar su evangelio hay que dejarse guiar por Él hasta que el corazón responda.

Pedro responde con humildad preciosa: “Señor tú sabes que te quiero”. Ya no presume, ya no promete lo que puede sostener, ya no se compara con los demás, solo se abandona a la verdad de lo que hay en su corazón, y Jesús no le exige una perfección imposible, le confía una misión: “¡Apacienta mis corderos!, ¡apacienta mis ovejas!”. Es decir, el amor a Cristo se convierte en servicio concreto al pueblo. La pregunta: ¿me amas? Se traduce en una tarea: “cuida de los míos”, allí está el secreto de toda vocación sacerdotal.

Jesús no le pide a Pedro una emoción pasajera, le pide una amor capaz de hacerse servicio, custodia, paciencia, ternura y entrega.  Y aquí está también la belleza de este día para ti, querido hermano Víctor Edumar, Cristo hoy vuelve a repetir esa misma pregunta, no como quien quiere humillarte, sino como el que quiere fundar tu ministerio en lo único que de verdad lo sostiene, el amor.

Hoy el señor no te pregunta si tienes miedo, claro que lo tendrás, no te pregunta si alguna vez te sentirás pequeño, claro que te sentirás pequeño, no te pregunta si todo será fácil, sabe bien que no lo será, pero si te pregunta ¿me amas? Y si puedes responderle con sinceridad aunque sea con amor pobre, aunque sea con corazón tembloroso, aunque sea con palabras sencillas, entonces ya tienes lo esencial, porque el amor verdadero no consiste en no caerse nunca, consiste en volver a Cristo una  y otra vez, en dejarse perdonar, en dejarse reencaminar, en seguir sirviendo con el corazón unido al suyo.

 En este mometnoe quisiera decir algo muy hermoso y muy real a todos los aquí presente, quizás alguien mira esta ordenación  y piensa: que bello entregar la vida a Dios, pero también que es difícil y es verdad. Hay renunicas, hay noches, hay cansancio, hay pruebas, hay cruces, pero también hay una alegría que el mundo no sabe dar; porque cuando una vida se entrega a Dios, esa vida no se pierde, se fecunda, se vuelve útil, luminosa, fértil para muchos.

Un sacerdote puede no ser famoso pero puede ser padre, puede no aparecer en titulares, pero puede sostener muchas almas, puede no tener poder, pero puede abrir caminos del salvación, puede llorar en silencio, pero puede hacer nacer esperanza en otros, y eso vale más que cualquier éxito pasajero.

La ordenación sacerdotal de hoy no es por tanto la coronación de un camino humano, sino el inicio de una entrega aún más radical. A partir de hoy Víctor Edumar pertenecerá de un modo nuevo a Cristo y a su Iglesia, sus manos serán ungidas para bendicir, perdonar, consagrar; su voz será instrumento para proclamar la Palabra, su corazón deberá ensancharse para amar al pueblo de Dios con paciencia y ternura y esa es una gracia inmensa, pero también una responsabilidad inmensa. Por eso la Iglesia no solo se alegra, también ruega, ruega para que este nuevo sacerdote permanezca fiel, cuando llegue el cansancio, humilde cuando llegue el reconocimiento, cercano cuando llegue la exigencia, pobre cuando llegue la necesidad, disponible cuando Cristo le pida salir de sí mismo. Porque el sacerdote no se pertenece, vive para aquel que lo llamó, vive para el pueblo que le fue confiado, vive  para Cristo que lo amó primero.

Querido hermano Víctor, dentro de unos momentos por imposición de manos, y la oración consecratoria, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, de una manera nueva y definitiva para el ministerio sacerdotal, entonces tu vida quedará marcada para siempre por ese misterio de pertenencia a Cristo; no temas, el mismo Dios que te llamó te sostendrá, el mismo que alimentó a

Elías te alimentará a ti, el mismo que preguntó a Pedro “¿me amas?” te seguirá preguntando a lo largo de los días para mantener vivo tu corazón, el mismo que confió su rebaño a Pedro te confiará a ti  también personas concretas, rostros concretos, heridas concretas, esperanzas concretas, y tendrás que cuidar de todo eso con amor, con mucho amor, porque solo el amor hace hacer fecundo el ministerio, solo el amor hace soportable la carga, solo el amor mantiene encendida la lámpara cuando el camino se vuelve obscuro.

Que María santísima, madre y hermosura del carmelo te acompañe siempre. Ella supo guardar la Palabra en el silencio, supo permanecer firme junto a la cruz, supo creer cuando todo parecía imposible; que ella te enseñe escuchar a Dios en la brisa suave, amar a Cristo con un corazón indiviso y a servir a su Iglesia con humildad y alegría.

Que tu vida, querido hermano Víctor Edumar del Cordero de Dios, sea desde hoy un canto de fidelidad, sea una ofrenda de amor  y un testimonio vivo de que sí vale la pena entregarse a Dios. Amén.  

Barquisimeto 5 de julio de 2026.

Excmo. Mons. Polito Rodríguez Méndez

Arzobispo de Barquisimeto

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