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Arquidiócesis de Barquisimeto

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Arzobispo de Barquisimeto manifiesta su Mensaje de Cercanía a los Sacerdotes con Motivo del Día del Párroco

NINGUNA LÁGRIMA SE PIERDE

 Querido sacerdote:

Quizás hoy apagas las luces del templo cansado, con las manos desgastadas por sostener los dolores de tantos que acuden a ti.

Quizás hoy vuelvas a preguntarte, en tu soledad, si tu entrega realmente vale la pena, si tu cansancio vale la pena o si alguien nota la fe implacable con la que sigues diciendo “si”, a pesar de tus heridas.

Quizás hoy sientas que el peso de tu rebaño supera tus fuerzas, en medio de tanta incertidumbre.

Quizás hoy Dios vuelva a cruzarse en tu camino para animarte y recordarte que tu vida es un gran milagro, y que vale la pena vivir y servir.

Querido sacerdote:
 Aunque la rutina oculte lo extraordinario de tu ministerio, no pongas en duda lo que Dios hace a través de ti.

Tus manos de barro sostienen el mundo.

Tus manos de barro bendicen y perdonan.

Tus manos de barro hacen que Dios descienda en cada Eucaristía que celebras.

Él te dio esa gracia. Su amor infinito eligió tus labios y tu voz para que, proclamando y anunciando su Palabra, Él se hiciera presente en la tierra.

«El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, lo es para vosotros… si comprendiéramos bien lo que es un sacerdote en la tierra, moriríamos: no de miedo, sino de amor»1.

Piensa en las almas que has rescatado del abismo en el confesionario.

Piensa en los enfermos que has ungido en su último aliento, devolviéndoles la paz antes de encontrarse con el creador.

Piensa en las familias a las que has devuelto la esperanza con una palabra dicha a tiempo.

Piensa en las sonrisas que has sembrado en tantos rostros entristecidos, en cada abrazo, en cada bendición.

Aunque el mundo no comprenda lo que haces y te juzgue por como eres, Cristo lo sigue sanando a través de tus fragilidades.

Querido sacerdote:
 Dios te ha confiado un gran tesoro. No te avergüences de tu fragilidad ni de tu cansancio.

«Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Cor 4,7) 

Tus grietas no son un defecto; son los surcos por donde la gracia de Dios se derrama sobre los demás.

Es fácil olvidar que el sacerdote también llora, también se siente solo, también duda, también comete errores y también necesita consuelo.

El ritmo frenético del mundo que nos rodea exige, a menudo, que seas el fuerte, el que escucha, el que resuelve, el que consuela, el que está disponible las veinticuatro horas para dar respuestas. Pero Cristo no te llamó a ser un superhéroe invulnerable, sino un amigo íntimo.

Cuando sientas que la soledad te quema, recuerda las palabras del Papa Francisco:

«La fatiga de los sacerdotes… ¡es como el incienso que sube silenciosamente al cielo! Nuestra fatiga va directo al corazón del Padre. No tengáis miedo de estar cansados; al contrario, estad orgullosos de ese cansancio que nace de amar»2

Cuando no tengas ánimo de orar, no digas nada. Haz silencio. Siéntate frente al sagrario y déjate mirar por Él. Recuerda sus palabras en el Evangelio:

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar» (Mt 11, 28)

Entrégale tu corazón desgastado y tus preocupaciones. Él te ayudará a encontrar solución.

Aunque parezca, y aunque sientas que el mundo de hoy es duro, que la fe se apaga en tu comunidad o que remas contra corriente, no te dejes engañar por las apariencias del mundo.

Las semillas que plantas algún día germinarán, aunque tus ojos no lleguen a ver la cosecha.

Eres un padre espiritual. Y el buen padre entrega su vida en silencio. Su sacrificio nadie lo ve, pero algún día obtendrá su recompensa.

«Los que sembraron con lágrimas, cosecharán entre cantares de alegría. Al ir, iba llorando, llevando la simiente; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas» (Salmo 126, 5-6)

Querido sacerdote:
 Gracias. Gracias por decir “sí”. Gracias por renunciar a las cosas del mundo. Gracias por abrazar el proyecto de Dios. Gracias por tu entrega y tu perseverancia. Gracias por ser el faro que no se apaga y guía a puerto seguro.

Ánimo, buen pastor: el Señor camina a tu lado.

 

¡Feliz día del párroco!

 

 

 

 

1 San Juan María Vianney (Cura de Ars): (Cita recogida en las Obras Escogidas del Santo Cura de Ars y citada parcialmente en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1589, sobre la dignidad del orden sacerdotal)

2 Papa Francisco (2015): Homilía de la Misa Crismal, Jueves Santo, Basílica de San Pedro, Ciudad del Vaticano.

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