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Arquidiócesis de Barquisimeto

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"Servidores por amor": Tres jóvenes larenses darán su 'Sí' definitivo en su Ordenación Diaconal

Oficina de Prensa – 15  de julio de 2026 –  La Iglesia particular de Barquisimeto se prepara para vivir una jornada de profunda gracia y renovación eclesial. Este jueves 16 de julio, solemnidad litúrgica, a las 10:00 de la mañana, la Basílica del Santo Cristo de la Gracia abrirá sus puertas para la Ordenación Diaconal de tres jóvenes seminaristas, egresados del Seminario Divina Pastora: Yayders Moisés Sequera Argüello, Fernando José Carrillo Ramos y Juan José Rondón Puentes.

La imposición de manos y la plegaria de ordenación los configurarán con Cristo Servidor, marcando el inicio de su ministerio sagrado. Detrás de este paso trascendental, hay años de oración, de desapego, de discernimiento comunitario y, sobre todo, de una absoluta confianza en Aquel que los llamó desde sus respectivas comunidades parroquiales. Hoy, en vísperas de postrarse ante el altar, comparten el testimonio de un camino que ha transformado sus vidas para siempre.

La semilla de la vocación: El despertar misionero

El itinerario vocacional de los tres futuros diáconos tiene un denominador común: el ardor misionero. Las aulas del seminario no habrían sido posibles sin la experiencia previa del encuentro con el hermano necesitado, un despertar que en gran medida estuvo marcado por la influencia de la Comunidad Misionera María Estrella de la Mañana.

Para Yayders Moisés (29 años), oriundo de la parroquia María Estrella de la Mañana, el punto de inflexión ocurrió en 2015, cuando dejó la comodidad de su hogar con rumbo al estado Cojedes:

“Allí el Señor fue modelando mi voluntad para aceptar la que Él quiso darme. No es hasta el 2018, tras culminar esa experiencia misionera, cuando decido entrar al seminario. Fue un momento único donde Jesús cautivó mi corazón. Al principio pensaba que este viaje sería muy largo, pero hoy, después de ocho años, puedo decir todo lo contrario”.

Fernando José (32 años), perteneciente a la parroquia Purísima Concepción, también experimentó la fuerza de la misión a temprana edad. A los 17 años se integró a la vida activa de la Comunidad María Estrella de la Mañana, un espacio que se convirtió en su escuela de fe:

“Fueron tres años de maduración dentro de la comunidad antes de dar el paso definitivo e ingresar formalmente al seminario. Allí entendí que el llamado de Dios no era una emoción pasajera, sino un proyecto de vida”.

Por su parte, Juan José (30 años), proveniente de la parroquia Santísima Trinidad de Pueblo Nuevo y también asociado a la referida comunidad misionera, ingresó al seminario a los 21 años. Su decisión fue el fruto maduro de un proceso de tres años de discernimiento:

“Viví un tiempo de intenso crecimiento humano y espiritual. Al culminar mis primeros años de formación misionera, sentí con una claridad ineludible que el Señor me llamaba a consagrarme por entero en el ministerio presbiteral. El seminario fue la respuesta natural a esa voz interior”.

El crisol de la formación: Fraternidad y comunión

La vida del seminario es un proceso de constante pulitura. Para estos jóvenes, los años de estudio y oración han sido un “crisol” donde se aprende a conjugar el verbo amar en clave comunitaria.

Yayders describe este tránsito como el paso de la teoría a la mística personal:

“Lo más hermoso ha sido la gracia del camino: descubrir que el sagrario y la oración diaria no son deberes normativos, sino el refugio y la fuente de donde brota todo lo demás. Y, junto a ello, la fraternidad que sostiene; caminar con amigos que se convierten en una verdadera familia espiritual. ¿El reto? El vaciamiento del propio ego para dejar que Cristo configure el corazón, y aprender a amar en la diferencia, puliendo asperezas y ejercitando un perdón diario para construir verdadera comunión”.

Para Fernando, el seminario ha sido el escenario de la misericordia divina, un espacio donde la propia debilidad se encuentra con la fidelidad del Creador:

“Lo más hermoso para mí ha sido constatar, día tras día, que Dios nunca me ha abandonado a pesar de mis caídas y de mis dudas o faltas de decisión. Saber que Su amor permanece inquebrantable es una certeza que me sostiene. Además, compartir este anhelo con otros jóvenes que, al igual que uno, buscan con honestidad hacer la voluntad de Dios, es un regalo invaluable”.

Juan José comparte una particularidad muy especial en su formación. De los ocho años que dura el itinerario formativo, vivió siete de manera externa, inserto en el núcleo de su comunidad misionera en Barquisimeto, y su último año (cuarto de Teología) de manera interna en el Seminario Divina Pastora:

“Ha sido una experiencia divina. Agradezco enormemente al Seminario Divina Pastora por abrirme las puertas durante estos ocho años para formarme como futuro pastor, y por regalarme la vivencia comunitaria interna en este tramo final. Lo más hermoso de todo este proceso ha sido sentirme y saberme acompañado en cada paso: por mis hermanos de comunidad, por los sacerdotes formadores, por mis grandes amigos y por las familias que han rezado por mí”.

Los pilares de la fe

Detrás de cada vocación hay una constelación de rostros y oraciones. La familia consanguínea y la “familia de fe” han sido el soporte invisible pero firme de estos tres jóvenes.

En la vida de Fernando, la presencia de Dios y el testimonio de su familia, de manera muy especial su abuela, han sido determinantes. En el plano espiritual, su faro ha sido San Rafael Arnaiz, el místico trapense español:

“Su vida de abandono absoluto en la voluntad del Padre y su profunda espiritualidad de la cruz han inspirado mi propia entrega”.

Para Juan José, el soporte afectivo y espiritual se concentra en sus padres, su hermana y su comunidad de origen:

“Mis padres y mi hermana han sido un pilar incondicional. También lo han sido la parroquia María Estrella de la Mañana —donde ejercí mi acción pastoral durante años— y mi parroquia de Pueblo Nuevo. En el cielo, me encomiendo diariamente a la intercesión de San Juan Pablo II y San Juan Bosco, mis patronos, y por supuesto a María Santísima en su advocación de Estrella de la Mañana, quien siempre ha iluminado mi camino hacia Jesús”.

Yayders coincide en señalar a su familia como base fundamental, destacando el legado de sus padres, hermanos y abuelas, junto a una nutrida comunión de santos protectores:

“Tengo un ejército en el cielo: Santa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Santa Mariam de Jesús Crucificado, San Francisco de Asís, el joven San Giorgio Frassati y nuestra Beata venezolana María de San José. En la tierra, el acompañamiento de sacerdotes como el Pbro. Antonio Ararat y Josué Manuel de Jesús Ferreira ha sido providencial”.

El significado del Diaconado: La consagración total

El orden del diaconado es el primer grado del sacramento del Orden Sagrado. No es un simple peldaño administrativo, sino una configuración permanente con Cristo, quien “no vino a ser servido, sino a servir”.

Para Juan José, el diaconado representa un desapropiarse de sí mismo en favor del pueblo:

“Esto significa un compromiso inmenso, una apertura absoluta y una confianza radical en el Señor. Implica reconocer con humildad que esta vocación no me pertenece; no es mía, sino que es del Pueblo Santo de Dios y para el Pueblo Santo de Dios. Mi deseo fervoroso es servir con amor y fidelidad, desgastándome día a día por mis hermanos siguiendo el ejemplo del Divino Maestro”.

Fernando asume este paso como el umbral de su entrega total:

“Es mi consagración a Dios en cuerpo y alma; le daré toda mi vida sin reservas. Este paso representa mi firme decisión de caminar con alegría hacia la cruz que el Señor me ofrece hoy, sabiendo que en ella reside la verdadera resurrección”.

Por su parte, Yayders lo define con una elocuencia conmovedora:

 “Dar este paso es sentir el vértigo de firmar un cheque en blanco con la propia vida. Significa bajarme del escenario de mi propio ego para que la necesidad del otro sea la que marque mis horas… Es el salto definitivo de los libros a la realidad: dejar de estudiar la compasión para empezar a tocarla en la carne sufriente de la gente”.

Un mensaje a los jóvenes: “Dios capacita a los que elige”

A pocas horas de postrarse ante el altar, los tres seminaristas no quisieron dejar pasar la oportunidad de enviarle un mensaje a aquellos jóvenes que hoy sienten inquietud vocacional, pero que están paralizados por las dudas.

“No le tengas miedo a la duda, porque dudar solo significa que te estás tomando a Dios en serio”, aconseja Yayders, añadiendo con contundencia: “Dios no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige. No te conformes con una vida cómoda cuando fuiste hecho para la grandeza”.

Fernando se suma a este llamado invitando a la juventud a “tirarse a la aventura de seguir al Señor, que nunca serán defraudados”. Finalmente, Juan José, recordando a su patrono San Juan Pablo II, concluye con una invitación a la confianza plena: “Animo a los jóvenes a lanzarse en fe a los brazos del Señor… ¡Jesús te llama y te quiere ahora mismo junto a Él!”.

Este jueves, la Iglesia de Barquisimeto no solo ganará tres nuevos diáconos, sino a tres servidores dispuestos a gastar la vida de verdad por amor al Evangelio. Acompañemos con nuestra oración y cercanía a estos tres jóvenes, quienes con su vida nos recuerdan que la entrega generosa sigue siendo el camino más hermoso para servir al Reino de Dios.

 

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