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La Inmaculada: la madre que siempre vela por la salud y salvación

Oficina de Prensa – 08 de diciembre de 2025. Hablar sobre el dogma de la Inmaculada, nos lleva a pensar en la salud y la salvación de los cristianos.

Desde siempre se ha pensado en la madre como aquella que cuida, vela y enseña el camino. Así lo creyeron los primeros cristianos y la tradición lo ha mantenido.

Dominicos y Franciscanos siempre amaron a la Santísima Madre como la Inmaculata, aquella que sin mancha estaba siempre al lado del que sufre, del que busca un encuentro profundo con su Amadísimo hijo, aquella que siempre escucha y suplica y esa tradición los acompañó en cada una de las misiones qué emprendían, llevando ese título de la madre, a la devoción popular y al arte sacro.

En 1854, en medio de muchos cambios y revoluciones en diferentes países, el Papa Pio IX declara, en su bula Ineffabilis Deus que María es concebida sin mancha de pecado original, por gracia especialísima de Dios, en atención a los méritos de Jesucristo,  valga decir, María es la pura y limpia, la sin mancha, la preservada del pecado, para dar a luz al Salvador y de ese modo Dios salda la deuda que el hombre tiene: un salvador que comparte la naturaleza humana completamente, menos, en el pecado.

En 1856 la madre se presenta en una cueva en Lourdes a una jovencita ignorante de esta doctrina con su nombre: Inmaculada Concepción, y en París, pidió elaborar una medalla con la Inscripción de María sin pecado concebida, confirmando así, tanto la bula papal que declara el dogma, como la tradición que data de más de 600 años para ese entonces, convirtiendo esos lugares de las apariciones, en sitios de renovación de la fe, de curaciones físicas milagrosas y de un cambio radical en la vida del Cristiano.

María es madre:  una madre especialísima. Es una madre con una pureza virginal pero con un corazón compasivo, humilde y obediente. Una madre que nos invita a mirar a Cristo, que nos llama a confiar en Él y en su palabra, una madre que nos mira con amor y nos acompaña en el camino.

Hoy, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, encendamos nuestras lámparas, como aquel día de 1854 y digamos ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y la Virgen concebida, sin pecado original!

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