Arquidiócesis de Barquisimeto

Artículos semanales de formación, reflexión y espiritualidad.

Que suerte no tener un jefe chimbo

P. Juan Aldaz

14/06/2024

Como cristianos, nuestro Jefe es Jesucristo. Y a veces se nos olvida que es Rey de Reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19,16), que es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin (Apocalipsis 21,6), que le ha sido dado TODO PODER en el Cielo y en la tierra (Mateo 28,28)

Y porque “olvidamos” estas verdades, no creemos en la necesidad y la utilidad de la oración.

Nos parece que orar es tiempo perdido, que mejor hagamos lo que podamos a ver qué pasa.

Pero no. Si yo tengo por jefe a un Rey, yo sé que Él es el que puede ayudarme a resolver lo que yo, con mis limitadas e imperfectas fuerzas humanas no puedo lograr.

El mismo Jesús nos invita: Pidan y se les dará (Mateo 7,7). El Papa san Pablo VI dijo una vez, inspirado por el Espíritu Santo: “La Iglesia es ante todo, una comunidad de oración”.

Aquí está la clave y también la falla.

La clave para que muchas cosas cambien (en el mundo, en la familia, en las personas) es, primeramente,  invocar con Fe la Ayuda Divina. Tenemos a nuestro lado a Jesús, al Espíritu Santo, a todos los Santos y Santas de Dios, encabezados por la Santísima Virgen. ¿Por qué no acudir constantemente a esta fuerza, espiritual pero real?

Y ahí está la falla. Nos gana el racionalismo, el funcionalismo organizativo nos atrapa, la actividad nos agobia… y los resultados son pobres y efímeros.

Nosotros, que tenemos un Dios Vivo (y por la acción del Espíritu Santo,  presente en el Santísimo Sacramento) volvamos a la fuente y mostremos a todos el camino hacia la fuente, que es Jesús.

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”, declaró con toda verdad san Pedro (Juan 6,68). Por más fuertes y amenazantes que sean las tempestades, si Jesús viene y está en la barca, la barca no se hundirá (Mateo 8,25)

Pero hemos olvidado que Jesús está vivo. No es un bonito recuerdo ni un dios impotente, ni mezquino ni caprichoso, ni indiferente con nosotros.

Claro que le importamos, y mucho (Mateo 6,26). Por eso quiere que como hijos, nos acerquemos con confianza al Trono de la Gracia (Hebreos 4,16), como hacen los niños, que con mucha fe y con amor, se acercan a sus padres para pedirles… ¡DE TODO!

En esto, la gran “maestra” es Santa Teresita del Niño Jesús, con su “caminito” de la confianza en Dios. Ella decía: yo soy pequeña, no tengo grandes cosas que ofrecer a Dios (como esos otros Súper Santos), yo solo pido con confianza, le digo a Jesús que lo quiero mucho y El me escucha.

“¡Qué grande es el poder de la oración! Es como una reina, que en todo momento tiene acceso directo al rey y puede conseguir todo lo que le pide.”

En conclusión: para la solución de muchas cosas que nos ocupan (grandes y pequeñas, urgentes o importantes), para la conversión de los pecadores, para la liberación de los que están oprimidos por el diablo,  no alcanzan ni bastan nuestros esfuerzos, pero si en cada uno y en toda la Iglesia se aviva, constante, diario, sin pausa, el espíritu de oración, de lo Alto vendrá una nueva efusión del Espíritu Santo, para vencer toda oscuridad y para que se manifieste (en las personas, en la familia, en nuestra Nación y en el mundo entero) al Poder de la Resurrección de Jesucristo.