Más allá de la Ceniza, el tiempo de Cuaresma es una oportunidad, para DISCERNIR Y PROPONER.
En primer lugar, para discernir (y me encanta esa palabra tan Ignaciana) la presencia y la acción del espíritu del mal, a nivel personal, familiar, comunitario, nacional y mundial. Y en segundo lugar, simultáneamente, para proponer el Evangelio, la presencia sanadora y liberadora de Jesús.
Por supuesto, discernir requiere interiorizar, examinar, reflexionar… y a su vez, esto requiere “acompañamiento”
Y ahí es donde entramos nosotros, como acompañantes espirituales, para ayudar a discernir, proponer y orientar hacia la acción (que no otra cosa es la conversión, cambio de vida, nueva vida, nueva orientación y sentido).
Esta tarea de acompañamiento debe generar procesos (y cada persona es única), por ello requiere del sacerdote (ahí entramos nosotros) paciencia pero también competencia humana y espiritual.
Si además, el sacerdote es iluminado con el Espíritu Santo y cree en el auxilio de la Gracia, mucho mejor.
Es cierto que las necesidades son muchas y que la parroquia se prodiga en múltiples actividades, pero el acompañamiento espiritual es, hoy por hoy, una pastoral urgente. Preguntémosle sino a san Ignacio, al Cura de Ars, a Don Bosco, al Padre Pío entre otros muchos.
Llama la atención que se estudia mucho Derecho Canónico, Dogmática, Biblia, Pastoral… pero casi nadie estudia Teología Espiritual, cuando una pastoral directa, inmediata, frecuente, es la atención a las personas que vienen en busca de ayuda y consuelo.
No basta que un buen médico sintonice afectivamente con el paciente, el buen médico lo cura, aunque el tratamiento sea largo o difícil. Para eso, hay que tener corazón de madre, el corazón de Jesús.
Discernir, Proponer, Acompañar… tres palabras para darle un sentido más profundo a la Cuaresma y a la vida toda. Aplicables a cada persona, pero también aplicables a la comunidad (parroquia, grupo, seminario, diócesis).
Esta es la dinámica cristiana, hacer de toda la vida un “Ejercicio Espiritual”.
Discernir y descubrir los demonios, dejarse tocar y cautivar por Jesús, caminar el desierto con los que sufren hasta que sean liberados, no otra es la tarea que Dios ha encomendado a la Iglesia.
La Cuaresma es una nueva oportunidad.
Las prácticas “clásicas” de oración y ayuno son útiles. No hay buen discernimiento sin oración. La oración, bien hecha, evita tanto la pasividad como la precipitación.
Y el ayuno, por su parte, tiene sentido: en primer lugar, para compartir nuestra comida con los necesitados; en segundo lugar, como ejercicio que fortalece nuestra voluntad, (si no somos capaces de dominarnos en algo tan sencillo como la comida u otro gusto concreto, ¿cómo vamos a resistir en los momentos de mayores tentaciones?) Y en tercer lugar, el mismo Evangelio nos recuerda que los demonios se expulsan con ayuno y oración (Mateo 17,21)
Añado una más: si creemos en la “comunión de los santos”, esa realidad misteriosa que nos une a todos, podemos decirle a Dios: Hoy, no tengo como ayudar materialmente, pero quítale el hambre a alguien y dámela a mí. Yo la quiero llevar por él. Aplicación concreta de Gálatas 6,2: “Llevad unos las cargas de los otros. Así cumpliréis la ley de Cristo”.
En definitiva, se trata de obtener muchas y abundantes Gracias para todos, a fin de mejor discernir, proponer y acompañar… a ver si vamos (como dice Ignacio de Loyola) “de bien en mejor subiendo”, como personas, como Iglesia, como Nación.