Arquidiócesis de Barquisimeto

Artículos semanales de formación, reflexión y espiritualidad.

Libres e Invencibles

P. Juan Aldaz

11/12/2023

Desde que la humanidad existe, la historia la han dirigido y decidido los que tienen el poder. En la antigüedad, el poder de las armas, en la modernidad, el poder económico y en la actualidad, el poder tecnológico e informático.

Y dichoso aquel que tenga los tres a la vez. Será el señor del mundo.

Vistas así las cosas, ¿qué espacio tienen los pobres? ¿Qué protagonismo tienen los millones de simples ciudadanos, habitantes del planeta?

No nos engañemos: todos los gobiernos del mundo son simples alianzas de poder y guerras de intereses. Y esto quedó bien demostrado en el experimento global Covid: la consigna (no dicha, pero real) fue: O te sumas (a nosotros) y obedeces (lo que te mandamos), o te mueres. Y para que veas que no estamos jugando, tenemos un virus mortal. Virus del que muchos fueron víctimas y muchos están hoy sufriendo todavía sus efectos.

“El mundo entero yace bajo el poder del maligno” (1 Juan 5,19)

En este mundo y a esta historia, entra Dios y se hace visible en Jesús de Nazaret. Viene para liberar, para sanar, para salvar, ofrece vida verdadera, vida eterna.

El Evangelio nos da muestras claras y contundentes de que Jesús es más fuerte que el poder del maligno; y aunque todo el poder del infierno se confabuló para matarlo físicamente, su alma siempre fue libre, probado como nosotros, no pecó y por eso el Padre lo resucitó y le dio todo poder en el Cielo y en la tierra.

Esta es la clave para no ser vencidos por el mal, para no perder el alma,  esta es la llave de la vida eterna: la Fe en Jesús.

Efectivamente, “a los pobres se les anuncia la BUENA NOTICIA” (Mateo 11,5). Jesús viene a traer esperanza: “Al que venga a  Mí no lo echaré fuera” (Juan 6,37)

Comenzar una vida nueva es posible, con un encuentro experiencial con Jesús. He aquí la gran tarea, la única tarea importante de la Iglesia: llevar a todos a experimentar un encuentro con Jesús, que les haga despertar del sueño, de la vaciedad de tantas experiencias que solo han dejado frustración. Si no me creen, pregúntenle a Magdalena, a Zaqueo, a Pablo…

Un encuentro con Dios, que más allá de lo emocional, momentáneo, sea un modo de vivir de ahora en adelante. Y he aquí la segunda gran tarea de la Iglesia: ser una comunidad de vida, no una simple empresa de actividades, aunque sean religiosas, ni una despachadora de anestesia espiritual para sentirme bien y evadirme de la realidad.

En una comunidad de fe y amor, hay espacio (igual que en una casa, en una familia); hay avances y retrocesos, hay celebraciones y hay rectificaciones, pero hay comunidad.

Los Budistas (permítanme la comparación) utilizan la expresión “Me refugio en la Sangha”.

Sangha es “la comunidad”. Es decir, en la comunidad budista meditan, leen las enseñanzas, se acompañan, incluso pueden hasta vivir allí en pequeños grupos.

La Fe en Jesús, vivida en comunidad, es la única alternativa de libertad frente a los poderes malignos que operan en este mundo y que están bien descritos por San Pablo en Efesios 6,12.

Divididos, separados y no pocas veces enfrentados, somos débiles y el maligno nos gana. Sabemos de hecho, que la palabra “diablo” significa el que acusa, el que calumnia,  el que divide. Y hay mucho diablo suelto.

 En cambio el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, es factor de unidad, de concordia.

Es urgente por tanto, que las familias sean comunidades unidas en Jesús, que las parroquias sean comunidades de fe y amor, que nadie se quede solo.

Afortunadamente, el Espíritu Santo está haciendo su trabajo y muchos se están reuniendo para vivir la Fe y el Evangelio en pequeños grupos, en pequeñas comunidades. Y bastan pocos, porque dice Jesús “Donde dos o tres están reunidos en mi Nombre, ahí estoy Yo en medio de ellos” (Mateo 18,20)

Pero EN EL NOMBRE DE JESUS. Jesús es y debe ser en todo momento el CENTRO. Aprendamos de la Virgen, que en todo momento vive para Jesús, hasta en el dolor de la Cruz.

Si esto no es así, la comunidad (la misma Iglesia, los grupos) se vuelven una secta, donde lo importante es el fundador,  las normas, el liderazgo personal (sea del laico o del pastor), las actividades, o el grupito selecto de los “perfectos” o los “seguidores de Fulano”.

¿Podemos ser libres e invencibles? Por supuesto que sí: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4,13) Nada, absolutamente nada, ni lo presente, ni lo futuro, ni las fuerzas de este mundo, ni las del mundo espiritual,  nos podrán separar del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús (Romanos 8,35-39)

Y desde ahí, (desde la Fe Viva, vivida en Comunidad) podemos y debemos ser agentes de CONCIENCIA para todas las personas  y actores de CAMBIO en nuestra sociedad y nuestro mundo.