Ir al contenido principal

Arquidiócesis de Barquisimeto

La Natividad de la Virgen María: El Amanecer de la Gran Historia de Salvación

Cada 8 de septiembre, la Iglesia detiene su mirada en un acontecimiento lleno de ternura y hondura teológica: el nacimiento de la Virgen María. Aunque solemos celebrar el nacimiento de los santos el día de su partida al cielo, con María —y con Jesús y Juan el Bautista— la liturgia hace una excepción maravillosa para celebrar el día en que vio la luz por primera vez.

¿De dónde viene esta fiesta?
Sus raíces hunden la historia en los primeros siglos del cristianismo. Todo comenzó en Jerusalén, en el siglo V, cuando se levantó una basílica dedicada a Santa Ana, construida justo en el lugar donde la tradición situaba el hogar de los padres de María, san Joaquín y santa Ana. Desde Oriente, la devoción se extendió rápidamente hacia Occidente, fijando la fecha exacta el 8 de septiembre: exactamente nueve meses después de la Inmaculada Concepción.

La aurora que anuncia el sol
Los textos de la Iglesia y la tradición de los santos describen este nacimiento con una imagen bellísima: María es la aurora que le abre paso al sol. Su llegada al mundo no hizo ruido en los grandes palacios del imperio romano, ocurrió en la sencillez de una familia humilde de Nazaret. Sin embargo, en el plan de Dios, esa niña representaba el punto de llegada de toda la espera de la Antigua Alianza: el “resto fiel”, los pobres y sencillos que confiaban plenamente en las promesas del Señor.
Dios quiso prepararse un hogar limpio, un regazo inmaculado y un corazón totalmente abierto a su gracia para poder encarnarse y caminar entre nosotros.


Para nuestra vida de hoy
Contemplar a la pequeña María naciendo en un hogar sencillo nos enseña que Dios ama obrar en lo cotidiano y en lo pequeño. Su nacimiento nos recuerda que, por muy oscuras que parezcan las circunstancias del mundo o de nuestras propias vidas, el Señor siempre es fiel a sus promesas y hace nacer la esperanza cuando menos lo esperamos.
Celebrar hoy a María nos invita a valorar la vida, lo cotidiano y los procesos silenciosos de Dios. En la familia, acogiendo y cuidando la vida; en la comunidad, dando espacio a los pequeños y es que es necesario recordar que la verdadera grandeza procede del amor y la fidelidad. María es la primera creyente y por medio de ella Dios se ha hecho cercano y humilde, porque cada vez que se recibe la eucaristía se comulga al mismo Emmanuel hijo de María.