Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan «constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos» (Mt 18, 10), son «agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra» (Sal 103, 20). La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.
En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales (cf. Pío XII, enc. Humani generis: DS 3891) e inmortales (cf. Lc 20, 36). Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello (cf. Dn 10, 9-12).
En la fiesta de los santos arcángeles, la Iglesia honra especialmente a san Miguel, san Gabriel y san Rafael, cuyos nombres y misiones conocemos por la Sagrada Escritura. San Miguel —«¿Quién como Dios?»— es presentado como defensor del pueblo de Dios frente al mal; san Gabriel anuncia a María la Encarnación del Hijo de Dios, y san Rafael acompaña y sana, como narra el libro de Tobías.
La grandeza de los arcángeles se manifiesta en su fidelidad y servicio a Dios y a su obra de salvación. Su presencia nos invita a confiar en la protección del Señor, escuchar su Palabra y responder con generosidad a su llamada. Que san Miguel nos sostenga en la lucha contra el mal, san Gabriel nos ayude a acoger y anunciar la Palabra, y san Rafael acompañe nuestro camino, recordándonos la cercanía sanadora de Dios. Unidos a los ángeles, alabemos al Señor y procuremos cumplir su voluntad con fe y alegría.