Una joven inquieta e inteligente (como son todas, por supuesto), le preguntó a un hombre que tenía fama de Sabio: ¿Cuál es el mejor camino para llegar a conocer a Dios?
¿Será acaso el Conocimiento?
No, respondió el Sabio. El Conocimiento son los ojos para ver el camino
¿Será acaso la Riqueza? Ella es interesante, respondió el Monje, pero generalmente ocupa mucho lugar y no te dejará avanzar rápidamente.
Tal vez sea entonces el Amor, replicó la joven, segura de que había dado la respuesta correcta.
Casi, casi, dijo el Sabio. El Amor ciertamente es necesario para la vida, porque es luz en la noche y calor cuando hace frío.
Y así, una tras otra, la inquieta joven fue desgranando un rosario de palabras, de virtudes, de cosas hermosas… amistad, valor, entrega, belleza, alegría… pero ninguna de ellas le parecía adecuada al Monje para llegar a Dios.
Después de largo rato de conversación, viendo que ya se le había agotado el repertorio de ideas y palabras, el Sabio dijo:
Has hablado muy bien y te felicito. Todo lo que has dicho es hermoso e importante, pero voy a revelarte la clave para llegar a Dios.
Es la Humildad.
Porque Dios es un papá y nada le gusta más a un papá que agacharse a tomar a sus hijos pequeños en sus brazos para levantarlos y atraerlos hacia Él.
Cuando los niños pequeños crecen, ya se sienten grandes y quieren ser independientes. Y eso está bien.
Pero con Dios las cosas no funcionan así.
Dios es Amor, Dios es Ternura, Dios es Compasión… y por eso, se dirige siempre hacia los pequeños, los desvalidos, los enfermos, los desechados, los humildes, los que se reconocen imperfectos (que es otra forma de decir, pecadores)
Jesús mismo nos ha dado el ejemplo, bajándose a lavar los pies de sus apóstoles; tratando con paciencia y mansedumbre a la gente pesada y fastidiosa, despojándose de toda grandes, hasta morir desnudo y perdonando en una cruz.
Pero entonces, dijo la joven un poco asustada, todos van a aprovecharse de mí.
Es posible, dijo el monje, pero te cuento un descubrimiento de un hermano mío muy querido, san Carlos de Foucauld: “Jesús ha ocupado el último lugar, y nadie se lo podrá quitar”.
Cuando alguien te ponga “de última” en la fila, no te preocupes. En el último lugar SIEMPRE está Jesús (y no lo digas muy fuerte, porque los que están “adelante” no lo saben)
¿Quieres pues, llegar a Dios, conocerlo, verlo? Búscalo en los que están de últimos en la fila.
Y no vayas muy lejos, seguro que a tu lado hay alguno.
Entonces, ¿no valen nada todas las otras cosas? Preguntó un poco molesta la estudiante.
Por supuesto que sí, dijo sonriendo el Monje. Valen mucho y son necesarias.
Pero el Conocimiento sin humildad es Jactancia; la Riqueza sin humildad es Soberbia, el Amor sin humildad es Egoísmo; la Alegría sin humildad es Vacío; la Belleza sin humildad es Vanidad…
Como ves, mi querida estudiante, la Humildad es el ingrediente que hace buenas y hermosas, todas las demás cosas.
La humildad es la llave que abre todas las puertas de la Vida, también la puerta de Dios.