Vivimos tiempos de desconcierto, desilusión, burocracia, distanciamiento, indiferencia y y por parte de todos los gobiernos mundiales, una mayor tendencia a la reacción y la represión, frente a una humanidad sufrida, desanimada y confundida.
La gente anhela compasión y comprensión.
La realidad global es que unos pocos, dueños del poder y la fuerza, movidos por intereses y fuerzas oscuras, o en un arrebato de locura diabólica, pueden decidir la suerte de millones. El mundo es un desorden y avanza hacia su propia entropía “bajo el poder del maligno” (1 Juan 5,19).
Veo cada día más, por las redes sociales, infinidad de ofertas “espirituales” y un éxodo de personas hacia ellas. Como Iglesia, ¿Qué podemos ofrecer?
Tenemos demasiadas estructuras, procedimientos, códigos, planes, reuniones… necesarias pero no suficientes.
Entre nosotros hay mucho funcionalismo, formalismo, competencia, fragmentación y en algunos casos, hasta descalificación.
Es necesaria una revitalización, (que es posible si queremos)… gracias al Espíritu. Sí, necesitamos convertirnos, empezar de nuevo, dejar lo que no sirve, la hojarasca exterior y volver a lo esencial.
Ya esto en su momento lo atisbó como “iglesia del futuro”, el entonces cardenal Ratzinger, en el libro-entrevista “Informe sobre la Fe”.
Volver al amor Cristocéntrico… en comunidades pequeñas, no masas, comunidades orantes en las cuales se manifieste Jesucristo, y que mantengan encendido el amor fraterno, con las puertas abiertas, implorando con fe y esperanza la venida del Señor. Esto sí da vida y sentido a toda planificación pastoral. Evangélicamente centrada y permanentemente revisada y corregida a la luz del Evangelio.
De esta manera, aun en medio de pruebas, angustias, persecución, peligros o cualquier otra cosa, ni siquiera las fuerzas espirituales del mal, “Nada podrá separarnos del amor de Dios” (Romanos 8, 35-39)
Una iglesia (comunidad) cálida, familiar, no tendrá que esforzarse “para que la gente venga” ni montar mega-espectáculos u ofertas engañosas, como hacen no pocos. Si hay amor, lo demás vendrá después por obra del mismo Espíritu.
Todos verán la realidad y la gloria del Dios Verdadero y se convertirán, como en los Hechos de los Apóstoles.
Por eso, el CAMBIO (exterior e interior) es bueno, es una oportunidad para salir de la rutina repetitiva y darle chance al Espíritu para una obra nueva en cada uno de nosotros. Vayamos pues jubilosos, porque el Señor va con nosotros. Esa esperanza no defrauda, es cierta, inconmovible, eterna y da paz.
P Juan José Aldaz