Es imposible no sentir el corazón arrugado ante las imágenes que los medios de comunicación y redes sociales ponen día a día ante nuestros ojos, sobre la guerra entre países, con el sufrimiento de tantos inocentes que no tienen “ni arte ni parte” en ello.
Y todo esto sin contar la larga lista de sufrimientos por causas económicas, políticas, sociales, familiares, personales… verdaderamente este mundo, para muchos, es un valle de lágrimas.
Estamos gobernados, en todas partes, por una parranda de patanes y efectivamente “el mundo entero yace bajo el poder del maligno” (1 Juan 5,19), anhelando su liberación
¿Qué hacer?
Como seguidores de Jesús, en primer lugar, anunciar el Evangelio, el encuentro con el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Pero el primer anuncio es la práctica personal de ese amor. ¿Cómo lo vivo, lo ejecuto, en mi ambiente cotidiano de casa, calle, barrio, trabajo o lugar de estudio? ¿Y en el Seminario? ¿Y en la parroquia? ¿Y en mi Diócesis?
En segundo lugar, la oración, pero no una oración circunstancial, sino comprometidamente permanente. Como católico, puedo rescatar las palabras de la Virgen en Fátima cuando, entre otras cosas, invitó con toda claridad a la conversión y a rezar diariamente el Rosario como medio para obtener la paz en el mundo.
En tercer lugar, ninguna cooperación con el mal y la violencia, en cualquiera de sus formas de pensamiento, palabra o acto, (discursos de odio, utilización de armas, discriminación, opresión, sectarismo…). Esto es un imperativo que nace del ejemplo de Cristo. Bien caben aquí las palabras de Mohandas Gandhi: “Todo hombre es mi hermano”, palabras que reflejan por qué se le llama “Mahatma” (= Alma grande).
En cuarto lugar, acción positiva. Esta enseñanza la descubrí agradablemente a través de los escritos de un monje vietnamita (Thich Nhat Hanh) quien propuso (y practicó) el llamado “budismo comprometido”, es decir, a través de sus escritos, levantando escuelas y clínicas destruidas y formando pequeñas comunidades comprometidas, buscaba la reconciliación de los sectores enfrentados durante la guerra de Vietnam. Por supuesto, sus escritos y acciones fueron censurados por los dos gobiernos involucrados (Vietnam y EEUU). Pero este humilde monje sostuvo siempre que “hay que hacer lo posible, aunque sea pequeño”. Para él, un budismo solamente contemplativo no era suficiente. Hay que dar pasos, allí donde estás.
Después de ver los noticieros y lo candente que está la situación mundial, me doy cuenta que a pesar de todo, estamos bendecidos (no nos caen misiles mientras dormimos). Por otra parte, sin duda, los buenos somos más y podemos hacer más, practicando en serio, comprometidamente, el Evangelio de Jesús, pidiendo para ello la asistencia del Espíritu Santo que viene en ayuda de nuestra debilidad.
En física, existe el término “masa crítica” para expresar cuando la suma de un elemento llega por fin al punto de ocasionar la reacción esperada.
Podemos pues, activarnos, con nuestra oración (por la conversión de nosotros los pecadores y por la de todos, incluidos los gobernantes) con nuestra vida de Gracia (confesión y comunión) y con nuestra acción (aunque parezca pequeña), para sumar y alcanzar la masa de bien que triunfe sobre el mal.
La Esperanza (especialmente en este Año Jubilar) nos recuerde siempre que toda semilla sembrada, por pequeña que sea, germina y crece, aunque caigan bombas.
P Juan José Aldaz