Se acerca la señora y me dice: “Padre usted sabe, a uno le dan rabias y también uno se sienta con las vecinas a criticar a los que pasan, y de vez en cuando uno dice mentiras…”
El señor comenta: “uno es hombre y uno es infiel”.
Dice la joven: “uno se deja engañar y uno cree todo lo que le dicen y al final uno termina mal”.
Otros dicen: “Cuando a uno le hacen daño, cuando uno se molesta, cuando a uno le hacen burlas o cuando a uno lo han abandonado…”
Como acompañante espiritual, como sacerdote confesor, noto con mucha frecuencia la incapacidad, la costumbre, la evasión que hace que no asumamos como propio aquello que es calificado negativo o aquello que nos ha causado dolor. Cosa distinta observo para resaltar las bondades, capacidades, cualidades. Y me parece maravilloso que la persona se apropie y con amor propio pueda decir yo sé, yo hago, yo hice, yo siento, yo puedo. Pero se es incompleto cuando por no reconocer la otra cara, la parte herida, negativa o mal vista, preferimos que sea de todos y de nadie, lo que ocasiona que no terminemos de aceptar e integrar en nuestra vida todo lo que somos, por lo que aquello no reconocido termina convirtiéndose en sombra, en excusa y en grillete que impide caminar, avanzar, crecer, sanar.
Cuando puedo decir: A mí me dan rabias, yo me siento con las vecinas a criticar a los que pasan, yo digo mentiras, yo soy infiel, yo me dejé engañar, yo creí todo lo que me dijeron y al final terminé mal, o cuando a mí me hacen daño, cuando yo me molesto, cuando a mí me hacen burlas, cuando a mí me abandonaron; estamos dando el primer paso para la sanación, la liberación. Aquella frase de San Irineo de Lyon: “Lo que no se asume no se redime”, cobra toda su importancia ante este camino de pasar del Uno al Yo, pues lo que evado, lo que disimulo, lo que escondo, lo que no acepto, lo que es de todos y no es de nadie, termina siendo causa de no hacer proceso espiritual, psicológico o moral en mí mismo. Somos capaces de responder por nuestros actos y esa responsabilidad pasa por verbalizar en la mente y en las palabras dichas aquello que soy, que hago, que siento, que espero, que deseo. Quizás hemos preferido decir UNO, porque se han estigmatizado actitudes, gestos, formas de vida. Quizás la vergüenza de fallar, el miedo de no lograr, o ser de tal o cual manera, el no querer defraudar las enseñanzas de nuestros padres, abuelos o figuras cuidadoras, o de haber hecho verdad absoluta aquellas frases repetidas por los nuestros en cuanto a lo malo y lo bueno, al castigo o al premio, el deber ser, el tener que, el qué dirán los demás, el cómo voy a quedar, el qué pensarán de mí, terminan siendo un ancla, una cadena, una jaula, una herida incurable, no porque lo sea, sino porque no la asumo y la trato o gestiono como tal. Si sigo pensando y diciendo Uno es mentiroso, no haré algo para YO no decir mentiras, si sigo hablando de que UNO tiene miedos, no buscaré la ayuda idónea para trabajar y sanar aquello que me pasa, sino que estará como algo que está presente pero que no es mío, es de uno. Esto sin hablar de que a veces ni soy yo, ni es uno, sino que se excusa todo con que el diablo existe, con que es el malo el que lo hace, con que es el demonio quien ejecuta eso que uno no es capaz de reconocer. Más aún, cuando todo se deja en manos de Dios, cuando le pedimos a Dios que dé la paciencia que a uno le falta, la templanza que uno necesita, la solidaridad que uno no tiene y haga lo que uno no es capaz de reconocer y responsabilizarse para llevarlo a cabo.
Que experiencia tan maravillosa es asumirse, abrazarse, aceptarse, trabajarse. Dejando a Dios ser Dios en nuestra vida, en mi vida, pero haciendo yo la parte que me toca, de la que soy responsable. Pues Dios hará su parte, pero yo he de hacer la mía, pues mientras uno lo haga, no lo haré yo, mientras el yo no se asuma, el uno quedará en el aire, esperando que alguno haga algo por uno, que alguno se responsabilice por lo de uno, que el diablo no haga lo que a uno le hace daño y que Dios haga lo que uno no quiere hacer.