¿Cuál es el centro de tu vida?
Esta pregunta es fundamental, pues si lo tienes claro, tanto en teoría como en la práctica,
tu vida cada día tendrá valor… de lo contrario, es perder el tiempo.
Para algunos, el centro de su vida son sus actividades, lo que están haciendo, sea trabajo o
estudio. Pero, ¿qué pasa si eso cambia o se acaba o no se puede seguir? ¿Se acaba el sentido
de tu vida?
Para otros, el centro de su vida es lo que piensan, dicen o hacen los demás, son esclavos del
“qué dirán” y siempre dependientes de los otros.
Para otros en cambio, el centro de su vida es su pasado, lo que hicieron mal o lo que otros
le hicieron, voluntaria o involuntariamente, y no logran desprenderse de eso y caminar
hacia adelante.
Para nosotros, cristianos católicos, el centro de nuestra vida es Jesús, vivo y presente, en Su
Palabra y en el Santísimo Sacramento. Es nuestra relación personal con Jesús lo que da
sentido y color a toda nuestra vida.
Es Jesús quien limpia, perdona, purifica y ordena nuestra vida. Es Jesús quien viene con
verdadera esperanza de cambio… si le abrimos la puerta. Muchísimos que hoy la Iglesia
venera como Santos, experimentaron esto: un Saulo-Pablo, un Francisco de Asís, un Ignacio
de Loyola… todos cambiados a partir de un encuentro con el Señor Jesús.
Por eso es fundamental que volvamos siempre a Jesús, para estar bien centrados.
Nosotros, católicos, tenemos un privilegio único: tener al Señor en el Santísimo Sacramento.
“Vengan a Mí todos los que están cansados y agobiados y Yo les daré descanso” (Mateo
11,28); “Yo soy la puerta, quien entre por Mí, se salvará” (Juan 10,9)
A modo de ejemplo, un niño: san Francisco Marto, uno de los pastorcitos de Fátima. Un
pequeño campesino, prácticamente sin ninguna instrucción, pero que al contacto con Dios,
hace del centro de su vida el “estar con Jesús” para consolarlo, hasta el punto de preferir
estar junto al Sagrario que ir a jugar.
En este mundo de hoy, tan revuelto, en medio de tanta incertidumbre, lucha cotidiana y
sufrimiento, reconozcamos como el apóstol Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes
palabras de vida eterna, nosotros creemos y sabemos que tú eres el Cristo” (Juan 6,68-69)
Ciertamente, tenemos que hacer muchas cosas (trabajo, estudio, familia, apostolado…)
pero si eso no se apoya en una relación sólida con el Señor, será vacío y frustración, pues el
mismo Jesús nos ha advertido: “Unidos a Mí darán mucho fruto, pues sin Mí nada pueden
hacer” (Juan 15,5)
Entonces, vayamos a una vida nueva en Jesús, que Jesús sea el centro de nuestra vida, de
nuestras parroquias, de nuestro sacerdocio, que el Santísimo Sacramento sea más
reconocido y adorado.
Y así, encendidos con su fuego, seremos verdaderos apóstoles, hablando y actuando sin
miedo al qué dirán, llevaremos la luz a tantos que la están esperando.
El Amor del Corazón de Jesús por todos y cada uno, palpita en el Santísimo Sacramento.
Prueba de ello son los varios milagros eucarísticos registrados a lo largo de los siglos. Ese
fuego de amor todo lo purifica, en El los pecados desaparecen, las heridas se sanan, las
discordias se reconcilian, y renace una vida nueva.
Esa es la importancia de volver a la Adoración Eucarística, a la Misa, a la Visita al Santísimo
siempre que podamos, pues cuando menos espacio tiene el Señor, más nos llenamos del
propio Ego y nuestros pensamientos, palabras y acciones se contaminan, perturbándolo
todo.
Jesús es el fundamento y no hay otro (1 Corintios 3,11)
¿Quieres vida nueva? Lánzate, sumérgete en el Corazón de Jesús, realmente presente en el
Santísimo Sacramento del Altar.
Será el Señor quien luego te inspirará, te moverá hacia los demás, te iluminará… y harás
cosas que no te imaginabas, cosas que te sorprenderán, que te harán sentir a la vez pequeño
(por tu parte) y admirado de la grandeza y maravilla de Dios.
Y una última: pídele a la mejor Maestra, la más fiel y perfecta Adoradora de Jesús, la
Santísima Virgen, que te enseñe a amar y adorar. La encontrarás siempre junto al Santísimo
Sacramento, porque Ella no tiene otra ocupación que no sea Jesús y las cosas de Jesús.
P JUAN JOSE ALDAZ