Arquidiócesis de Barquisimeto

Artículos semanales de formación, reflexión y espiritualidad.

AMARAS AL SEÑOR TU DIOS

P. Juan Aldaz

13/02/2025

Es, en palabras de Jesús, el mandamiento primero y principal (Marcos 12,30)

Amar es poner toda la atención en aquello que se ama, para agradarle, para que esté bien, contento, evitarle todo mal o sufrimiento posible. Amar, si es auténtico, llena toda la vida, porque todo lo cotidiano (trabajo, estudio, oficios, diversiones…) lo hago con la mente puesta en aquel a quien amo… y eso da alegría.

Si cada día, de verdad, amáramos a Dios, sucederían cosas interesantes: en primer lugar, seríamos mucho más felices, serenos, concentrados… y en segundo lugar, pecaríamos menos, porque estaríamos orientados hacia Dios y cada vez Él nos atraería más, descubriendo finalmente, que el pecado es una pérdida de tiempo. Y estaríamos mucho más serenos y alegres, aun en medio de las dificultades diarias.

La gran tristeza es que tantísimas personas no sepan esto. Es un tesoro que no debemos tener más tiempo escondido.

Por eso, el “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” no es un precepto impositivo sino la clave para alcanzar la verdadera libertad. En este amor seremos libres y felices.

Y siendo libres de esa manera, viene el complemento del mandamiento: “Y amar al prójimo como uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”

Solamente amando a Dios (en la oración) es posible amar a los demás (que por ser imperfectos, no son fáciles de amar)

San Francisco de Sales, a una monjita que se quejaba de no poder amar a algunas de sus hermanas de convento (que seguramente la hacían sufrir), le escribe  que haga oración  de esta manera: “Señor, amo a estos prójimos porque Tú los amas y me los has dado para que yo te ame, amándolos a ellos como Tú me amas a mi”

Este ejercicio, continúa el santo Obispo aconsejando a la religiosa, es más valioso a los ojos de Dios y la santificará más, que todas las otras cosas que pueda hacer.

En resumen, todo se trata del primer mandamiento. Tanto nuestra vida en este mundo, como nuestro posterior paso por el Purgatorio (si nuestro amor ha sido insuficiente o imperfecto), no son sino una escuela para amar, cada vez más, a Dios y a todos (vivos y difuntos, cercanos y lejanos) en Dios.

Y todo se resuelve en el amor, cuanto más puro, perfecto y extenso, mejor. Ninguna otra cosa merece más atención y produce más satisfacción, para ahora y para la eternidad.

P Juan José Aldaz.-