Aquella noche, en aquel pesebre, con el nacimiento ya consumado, había silencio.
De pronto, por la puerta, apareció un peregrino, un caminante. Viendo un pequeño fuego, pidió permiso para entrar.
Pasa hermano, dijo José. Ven y siéntate. No tenemos mucho, pero toma un poco de café.
Y así, entre sorbos de café, el inesperado visitante se sintió animado a contar una vida de penas y tristezas, mientras pasaban las horas de aquella noche.
Al final, cansado por el viaje, se recostó en un rincón a dormir, arropado por una manta prestada por María y José. Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, durmió tranquilo.
La presencia de aquellos jóvenes esposos y más aún la de aquel niño recién nacido, le hizo sentir que no tenía nada que temer, que estaba entre amigos, entre gente de Dios.
Por la mañana al despertar, agradeció a José y a María el haberle recibido, escuchado, acogido. Se iba con otro rostro, muy distinto al de la noche anterior.
Dios te bendiga, hijo, le dijo María. Dios te bendiga, hermano; le saludó José.
Esa es la Iglesia. La que debe ser.