«¡Oh, Madre querida de Coromoto! Tú que has acompañado el nacimiento y el desarrollo de nuestra historia patria, venimos a tus plantas a consagrarnos como pueblo, como nación que te reconoce como Madre y a decirte que somos tuyos. Queremos colocar muy cerca de tu corazón nuestras necesidades, deseos, luchas y logros…»
“Bajo tu manto, Venezuela se renueva”
El 11 de septiembre de 1952, la ciudad de Guanare se convirtió en el centro de las miradas de todo el mundo católico. Al cumplirse 300 años de su milagrosa aparición, la Virgen de Coromoto recibió los honores máximos de la Iglesia al ser coronada canónicamente, un acto solemne que hoy arriba a su 74° aniversario y marca una de las efemérides más importantes de nuestro calendario litúrgico.
La ceremonia multitudinaria representó el clímax de una devoción madura. Pío XII, comprendiendo la magnitud del fervor venezolano, envió como su Legado Pontificio al cardenal Manuel Arteaga y Betancourt, entonces arzobispo de La Habana, para presidir los actos. La corona que se posó sobre la sagrada imagen tuvo un significado profundo: no fue un mero ornamento litúrgico, sino una pieza forjada con el aporte voluntario de miles de ciudadanos, quienes entregaron sus joyas como ofrenda tangible de agradecimiento.
Desde la perspectiva eclesial, la coronación canónica es el reconocimiento público y definitivo de que una advocación mariana cuenta con una comprobada antigüedad, devoción y arraigo. A 74 años de aquel rito histórico, la pequeña pero majestuosa imagen de la Coromoto coronada sigue presidiendo la historia religiosa del país, reafirmando su presencia protectora desde su Santuario Nacional hasta el altar de cada hogar venezolano.