La conmemoración de los fieles difuntos invita a la Iglesia a orar por quienes han terminado su camino en la tierra. Arraigada en los primeros siglos de la vida cristiana, esta memoria se vive a la luz de la muerte y resurrección de Cristo, esperanza de vida nueva para quienes han sido incorporados a él por el Bautismo.
La oración por los difuntos expresa también la comunión que une a los cristianos. La muerte no rompe el vínculo de caridad entre quienes peregrinan en este mundo y quienes han partido en la paz de Cristo; por eso, en esta jornada la Iglesia encomienda a sus seres queridos a la misericordia de Dios y renueva su esperanza en la resurrección.
Para reflexionar:
La muerte no podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (cf. Rom 8, 38-39). En Jesucristo hemos descubierto que Dios es presencia de amor: nos fundamenta y nos sostiene. En esa presencia existimos y nos movemos. Si Dios es dueño y fuente de la vida, no es posible que nos abandone en la muerte, ese momento decisivo de nuestra existencia.
«Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí mismo; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos, ya muramos, somos del Señor» (Rom 14, 7-8). Esta es la verdad que confesamos los cristianos sobre la realidad y el destino de la vida humana. La fe en Cristo resucitado ilumina nuestro duelo y nos anima a orar por nuestros difuntos, unidos a ellos por la comunión de los santos.
Oración:
Padre de misericordia, fuente de vida y esperanza, recibe en tu paz a todos nuestros hermanos y hermanas difuntos. Por la muerte y resurrección de tu Hijo, fortalece nuestra fe y consuela a quienes lloran la ausencia de sus seres queridos. Concédeles la luz eterna y ayúdanos a vivir siempre unidos a Cristo, en quien la muerte no tiene la última palabra. Amén.