Cada 1 de noviembre, la Iglesia celebra a todos los santos: a quienes son conocidos y venerados públicamente, y también a tantos hombres y mujeres cuya santidad solo Dios conoce. Esta solemnidad recuerda que la santidad no es una vocación reservada a unas pocas personas extraordinarias: todos los fieles están llamados a seguir a Cristo y a crecer en el amor, cada uno desde su propia vida y sus circunstancias.
El Evangelio de esta solemnidad nos presenta las bienaventuranzas, en las que Jesús muestra el camino de la verdadera felicidad y de la santidad. Entre ellas, proclama: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Estas palabras nos recuerdan que la santidad consiste en buscar a Dios con un corazón sincero y vivir de acuerdo con su amor.
La fiesta nos invita también a dar gracias por la comunión de los santos, esa unión espiritual que reúne a quienes pertenecen a Cristo y que no queda destruida por la muerte. La Iglesia peregrina en la tierra y la Iglesia del cielo forman una sola familia en Dios; los santos son para nosotros modelos de vida cristiana y compañeros en el camino hacia la santidad.
Oración:
Dios Santo, gracias por la vida y el testimonio de todos tus santos, conocidos y desconocidos. Por su intercesión, ayúdanos a responder con fidelidad a la llamada a la santidad y a vivir unidos en el amor que nos conduce a ti. Que, siguiendo a Jesús en nuestra vida cotidiana, un día podamos compartir con ellos la alegría de tu presencia. Amén.